Secuestros y Teoría de Juegos

Resulta difícil cuestionar la importancia de los comportamientos estratégicos que se puedan dar tanto en los secuestros en general como, en particular, en lo referido a los secuestros de barcos pesqueros en aguas internacionales. En cuanto al papel que deben desempeñar los gobiernos, se suele argumentar que la mejor forma de evitar los secuestros sería explicitar el compromiso, creíble, de no negociar bajo ninguna circunstancia con los secuestradores puesto que, entonces, los secuestradores no albergarían la esperanza de obtener ningún tipo de beneficios, ¿qué sabemos al respecto los economistas?

Dentro del análisis económico, cuando se estudia los comportamientos y estrategias que puedan tener los agentes, la teoría de juegos se ha mostrado en las últimas décadas como la herramienta más eficaz puesto que permite no solo modelizar un proceso incluyendo todas las alternativas existentes sino también obtener cuáles serían las ganancias o pérdidas obtenidas por cada participante.

Los modelos de teoría de juegos más famosos son los del dilema del prisionero  y alguna de sus variantes como el gallina  en inglés game of chicken o “la tragedia de los comunes” vista en el tema 2.

En lo referente a la aplicación de esta -poderosa- herramienta a los secuestros, distintos autores han estudiado cuestiones relacionadas. Por ejemplo, a título ilustrativo, Lapan and Sandler (1988) investigan la efectividad del compromiso de los gobiernos de no negociar con los secuestradores y cuáles son los parámetros determinantes.

Aunque existen cuestiones no recogidas en el marco que se presentará a continuación (costes reputacionales, repetición del juego en periodos sucesivos, etcétera), el marco básico de análisis -estático- podría ser el siguiente:

Primero, el gobierno debe decidir el nivel de disuasión (θ) que implementará sobre la zona de conflicto. En función del esfuerzo realizado por los gobiernos, los secuestradores tendrán una percepción de sus probabilidades de éxito, en caso de que decidieran atacar. Así, cuanto mayor sea el esfuerzo de disuasión realizado (despliegue de navíos de la armada por la zona, coordinación internacional para afrontar la problemática de forma conjunta, por ejemplo) menor será las probabilidades de éxito y, por lo tanto, debería observarse una reducción de los intentos realizados

 

 

Segundo, sobre la base de lo comentado en el punto anterior, los secuestradores deciden si finalmente atacan con una probabilidad dada (Ω). Si no lo hacen, el juego ha terminado. Si por el contrario lo intentan, pueden bien tener éxito o fracasar. La probabilidad de éxito obviamente estará relacionada con la disuasión previamente realizada por los gobiernos (θ). Si el intento de secuestro fracasa, de nuevo, el juego habrá terminado.

Si por el contrario, tuviesen éxito los secuestradores, pasaríamos a una nueva fase del proceso, la tercera. En esta nueva fase, son los gobiernos quienes deben decidir, con una probabilidad p, si ceden o no a las pretensiones de los secuestradores y acceden a negociar. Sea cual sea la opción considerada, nos encontraríamos con dos nuevos posibles puntos finales; uno en el que ambas partes negocian y otro en el que no es así.

Como suele hacerse en este campo, la decisión a tomar por cada agente (gobierno y secuestradores, en nuestro ejemplo), resultará de comparar los beneficios y costes de cada alternativa, lo que se conoce como la “matriz de pagos”.

Desde la perspectiva del gobierno, al margen de que siempre se debe cumplir los costes asociados a la disuasión, se busca minimizar los gastos realizados en la previsión y resolución de ataques. Por ello, más allá de los gastos iniciales de disuasión, el hecho de que el ataque se produzca suma nuevos costes, bien los necesarios para hacer fracasar el intento –a– (intervención de las fuerzas armadas, por ejemplo), bien los necesarios para hacer frente a la resolución final del conflicto cualquiera que sea la vía; a través de la negociación –h– o sin ceder a las pretensiones de los atacantes –n-. La relación entre h y n dependerá de factores como el valor de lo secuestrado.

Tabla 1: Matriz de pagos del juego

 

Desde la perspectiva de los atacantes, se entiende normalmente que los valores c, s, y m son progresivamente mayores pudiendo c ser positivo o negativo en función de los posibles beneficios que consideren los atacantes (publicidad o atención mediática, por ejemplo).

En estas circunstancias, los beneficios esperados por los secuestradores serían:

B = θ c + (1- θ) x [pm + (1-p)s]                                                   (1)

De la expresión anterior se deduce que B aumentará con la probabilidad de éxito del ataque (1- θ) y la probabilidad –percibida- de que los gobiernos cedan –p-.

Se puede comentar además algunas situaciones particulares de interés. Así, si los atacantes perciben claramente que los gobiernos no cederán a negociar (p=0) y éstos efectúan gastos de disuasión suficientes (θ=1), los secuestros se reducirían a aquellos en los que los beneficios de un ataque fallido (c) sean positivos. Por ejemplo, cuando la difusión dada o el auto-sacrificio se consideren como beneficiosa. Al contrario, si los atacantes perciben posibilidades de negociación o la disuasión no es la adecuada, las expectativas de beneficio darían incentivos a la realización de este tipo de actos.

Como se ha mencionado, en un entorno más realista (dinámico, por ejemplo) la repetida sucesión de eventos podría modificar los parámetros considerados. Entre otros, el hecho de que los gobiernos accedan a negociar en un periodo, aumentaría las expectativas de los atacantes de cara a tener negociaciones ventajosas con los gobiernos en el futuro.